Memorias de África, Isak Dinesen – Fragmentos

Posted on 26 marzo, 2012

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Puesta de sol africana - Foto por Mi Lawrence

“Yo tenía una granja en África, al pie de las colinas de Ngong. El ecuador atravesaba aquellas tierras altas a un centenar de millas al norte, y la granja se asentaba a una altura de unos seis mil pies. Durante el día te sentías a una gran altitud, cerca del sol, las primeras horas de la mañana y las tardes eran límpidas y sosegadas, y las noches frías.

La situación geográfica y la altitud se combinaban para formar un paisaje único en el mundo. No era ni excesivo ni opulento; era el África destilada a seis mil pies de altura, como la intensa y refinada esencia de un continente. Los colores eran secos y quemados, como los colores en cerámica. […]

Todo lo que se veía estaba hecho para la grandeza y la libertad, y poseía una inigualable nobleza.

La principal característica del paisaje y de tu vida en él era el aire. Al recordar una estancia en las tierras altas africanas te impresiona el sentimiento de haber vivido durante un tiempo en el aire. Lo habitual era que el cielo tuviera un color azul pálido o violeta, con una profusión de nubes poderosas, ingrávidas, siempre cambiantes, encumbradas y flotantes, pero también tenía un vigor azulado, y a corta distancia coloreaba con un azul intenso y fresco las cadenas de colinas y los bosques. A mediodía el aire estaba vivo sobre la tierra, como una llama; centelleaba, se ondulaba y brillaba como agua fluyendo, reflejaba y duplicaba todos los objetos, creando una gran Fata Morgana. Allí arriba respirabas a gusto y absorbías seguridad y ligereza de corazón. En las tierras altas te despertabas por mañana y pensabas: -Estoy donde debo estar-”

“Los nativos eran África en carne y hueso. El alto volcán extinguido de Longonot, que domina el valle de la Falla, las grandes mimosas que se alzan a lo largo de los ríos, los elefantes y las jirafas, no eran más africanos que los nativos —pequeñas figuras en un vasto escenario—. […] Nosotros, mandando y siempre con prisas, chocábamos frecuentemente con el paisaje. Los nativos están en armonía con él y cuando esa gente de talla elevada, esbelta, oscura y de ojos negros viaja —siempre en fila india, así que hasta las grandes venas del tráfico nativo son estrechos senderos—, trabaja la tierra, cuida del ganado, celebra sus grandes danzas o te cuenta un cuento, es África la que vaga, danza y te entretiene.”

(Isak Dinesen, Memorias de África)

Isak Dinesen

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